Isla respiró hondo y empezó a contar todo lo que sabía sobre Carl. No se guardó ningún detalle.
John escuchaba con atención, con la cara pálida contra las sábanas blancas y los tubos serpenteando desde sus brazos hasta unas máquinas que pitaban. Cuando Isla terminó, clavó su mirada filosa en Gabriel, que seguía rígido junto a la ventana.
—¿Cómo es que nunca lo mencionaste? —le reclamó John con la voz muy débil.
—La gente no se parece tanto por casualidad. Podría ser pariente tuyo, ¿sabes? —Sus p