Risa. Una, otra y otra risa.
Era todo lo que salía de John.
El sonido resonaba con suavidad dentro del cuarto grande y frío, rebotando en las paredes desnudas y el piso embaldosado. El lugar olía a concreto húmedo, sangre seca y algo más asqueroso.
John y Gladys estaban sentados en el suelo, con la espalda pegada a la pared. Tenían las manos firmemente atadas a la espalda y las piernas amarradas con una cuerda gruesa. No había salida. Hasta las ventanitas estaban tapiadas.
La camisa blanca que l