Gabriel le sonrió con dulzura a Desmond y se agachó un poco para quedar a la altura del niño.
—Pequeñín —dijo con suavidad, manteniendo la voz calmada y amable—, ¿me prestas tu reloj un momento?
Su tono era cálido y tierno, y eso hizo que Desmond se relajara aún más. El niño confiaba en él sin cuestionarlo.
—Sí —respondió Desmond, contento—. Si lo quieres, te lo doy.
Estiró su bracito sin titubear, ofreciéndole el reloj.
Gabriel sintió ternura. Le acarició el cabello al niño con los dedos antes