Gabriel retrocedió y negó una y otra vez.
—No… no… no.
Su voz era baja, pero transmitía pánico. Su respiración se volvió más agitada. Buscó el celular a tientas y, con dedos temblorosos, tocó la pantalla a toda prisa.
—Stone —dijo en cuanto se estableció la llamada—, tenemos una situación muy delicada. Necesito que pongas hombres en la puerta de la habitación de Isla. Hombres armados hasta los dientes. Y asegúrate de que el niño se quede exactamente donde está. Voy en camino.
Cortó la llamada. D