Las palabras de Anna la golpearon como un martillazo, y a Diana le temblaron las piernas. Por un momento no pudo respirar. Se quedó paralizada, mirando a Anna con los ojos muy abiertos y aterrados.
—¿Qué… qué estás diciendo, Anna? —susurró Diana al fin, con la voz temblorosa—. ¿Qué clase de disparate es este?
Anna no apartó la mirada. Su sonrisa se ensanchó despacio, oscura y segura, como la de alguien que disfruta ver a otra persona derrumbarse.
—Estoy diciendo la verdad —respondió Anna con cal