Gabriel se levantó de la cama con agilidad, los músculos ondulando bajo la piel mientras pasaba las piernas por el borde. Sin titubear un instante, se inclinó y alzó a Isla entre sus brazos, acunando su cuerpo desnudo contra el pecho como si fuera el tesoro más preciado.
Ella soltó una risita encantada, un sonido ligero y dichoso que resonó en la habitación silenciosa mientras saboreaba la calidez persistente del amor que acababan de hacer. Le rodeó el cuello con los brazos. Sus dedos se enredar