Gabriel e Isla yacían entrelazados sobre las sábanas suaves de la cama, los cuerpos apretados en la luz tenue de la lámpara de la mesita de noche. La espalda de Isla descansaba contra el pecho de Gabriel, su calor lo traspasaba mientras los brazos fuertes de él le rodeaban la cintura y la sostenían con firmeza.
Se quedaron así un largo rato, el aire denso de pensamientos callados, sin que ninguno rompiera la intimidad silenciosa que los envolvía como un escudo.
—Así que por fin te enteraste —dij