Las manos de Gabriel se deslizaron alrededor del cuerpo de Isla y desataron con cuidado la bata ligera. La prenda cayó y la dejó con su sencillo bikini, que se ceñía a sus curvas a la perfección.
Él dio un paso atrás y la recorrió con la mirada centímetro a centímetro, con una admiración cálida.
—¿Todavía estás sangrando? —preguntó con voz baja y llena de deseo.
—No, ya no hay sangre —respondió ella en voz baja.
Él asintió, con una sonrisa.
—Bien. —Luego, inclinándose hacia ella, susurró—: Te ne