Era un día brillante y soleado. Isla y sus dos amigas estaban sentadas junto a la piscina, con la piel todavía tibia por el agua. Acababan de nadar y aún llevaban puestos sus bikinis, aunque cada una se había envuelto en una bata suave para que la brisa no rozara su piel húmeda.
Las tres mujeres se acomodaron en las sillas, con las piernas largas estiradas, los lentes de sol puestos, bebiendo de copas heladas mientras conversaban. La charla había derivado hacia los negocios.
Betsy ponía al día a