Todas las miradas seguían fijas en Anna, esperando a que hablara.
Gabriel notó la inquietud en la postura de su madre: la forma en que sus dedos jugueteaban con la servilleta, la mirada que cambiaba con nerviosismo. Decidió intervenir antes de que la situación empeorara. Se levantó despacio de la silla y habló.
—Tengo algo que decir.
Todas las cabezas se voltearon hacia él. Incluso Isla pareció sorprendida. A Anna le retumbó el corazón. No tenía idea de lo que su hijo iba a decir. Por su mente c