Gabriel la ayudó a ponerse de pie con movimientos suaves. Le acomodó los mechones sueltos detrás de las orejas y dejó que sus dedos se demoraran un instante sobre su piel antes de tomarle la cara entre las manos.
—Haré todo lo que pueda para mantenerte a salvo —dijo en voz baja, con la mirada firme clavada en la de ella—. Lejos del peligro, lejos del dolor. Y me aseguraré de que recibas el respeto que mereces.
Le rozó la mejilla con el pulgar.
—Eres mía, Isla. Y yo no bromeo con nada que me pert