El mundo de Emilio se había reducido al pequeño rostro en la incubadora y a la confirmación que ardía en su cerebro. Suyo. La palabra no tenía sentido, pero los ojos del bebé eran una verdad innegable.
—Doctor —dijo Emilio, su voz temblando mientras se volvía hacia el neonatólogo—. ¿Qué necesita? Lo que sea. —Tranquilo, joven —dijo el médico, visiblemente incómodo por