CAPITULO 27: Dios mío es él...
El aire en la habitación de Amelia era un silencio artificial, roto solo por el siseo y el pitido rítmico de las máquinas que la mantenían con vida. El olor a antiséptico no lograba enmascarar la fragancia floral del jabón de ella, que aún flotaba en el ambiente.
Ricardo se detuvo junto a la cama. Alessandro permaneció cerca de la puerta, como un centinela silencioso, dándole espacio.
Verla de cerca era mil veces peor que a través del cristal. Los moretones violáceos en sus muñecas, casi desa