Las puertas del ascensor se cerraron, aislando a Ricardo y Alessandro del resto del piso de la UCI. El único sonido era el zumbido eléctrico del motor y la música ambiental, un jazz suave que sonaba como una burla grotesca.
Ricardo se recargó contra la pared de madera del elevador, pasándose una mano temblorosa por la cara. Estaba pálido. —Dios mío, Ale... ¿viste su cara? ¿Viste la rabia en sus ojos?
Alessandro miraba fijamente el panel de los números, que descendían con una lentitud agobiante.