Jamás habría imaginado que Luna no me echaría de su casa de inmediato, sino que, por el contrario, me invitaría a quedarme a desayunar.
Me sentí satisfecho al instante.
Parecía que Luna no me odiaba tanto como lo había pensado.
Rápidamente me senté en la mesa.
Con las mejillas aún sonrojadas, Luna me lanzó una mirada de reproche y dijo: —Primero ve a lavarte la cara.
—Está bien, está bien, voy enseguida, — respondí con una sonrisa, obedeciendo como un fiel niño al que se le da una orden.
Fui al