—No entiendo, — pregunté algo confundido: —¿por qué no? ¡Si claramente también quieres hacerlo!
—Yo... yo no para nada quiero.
—Sí quieres, me tocaste hace un momento, lo sé todo.
El rostro de Luna se puso rojo como un tomate, hasta el cuello.
Volteó un poco la cabeza, claramente molesta.
Al verla así, me puse nervioso, y de inmediato pregunté: —¿Qué te pasa? ¿Dije algo malo de nuevo?
—Tú ya estabas despierto desde hace rato, pero te hiciste el dormido. Solo querías verme hacer el ridículo, ¿ver