Yo también pensaba igual en ese entonces.
Incluso llegué a creer que Emma, joven y hermosa, era mil veces mejor que esa mujer amargada y maldiciente. Pero la vida me enseñó, a golpes de la verdadera realidad, que las apariencias son el mejor disfraz del infierno.
Emma podía tener un rostro de ángel —esa piel de porcelana, esos labios siempre pintados de rojo pasión—, pero su corazón era un laberinto de intereses. Cuando estalló el caos, huyó como una asquerosa rata. Mientras tanto, Naida, la esp