Después de preparar todo lo necesario para la sesión de masaje, comencé entusiasta a atender a la señora Elara con el servicio completo.
Realmente, dar masajes a una mujer tan bien cuidada como ella no era solo un trabajo, sino también una especie de placer.
La señora Elara estaba recostada cuidadosa sobre la cama y, por su respiración tranquila, parecía que ya se había quedado dormida.
La llamé con delicadeza un par de veces: —¿Señora Elara? ¿Señora Elara esta ahí?
Pero, no hubo respuesta algun