Mi cuerpo reaccionó antes que mi mente. Retrocedí un paso, casi por reflejo, como si la cercanía me hubiera quemado.
Él lo notó. Claro que lo notó.
Alzó una ceja, divertido, y dio otra calada lenta al cigarrillo, sin prisa, como si el tiempo le perteneciera.
—Tranquila —dijo al fin, con una voz baja, segura—. No tienes por qué irte.
Exhaló el humo hacia un lado, lejos de mí, pero sin apartar la mirada.
—El balcón es lo bastante grande para los dos, ¿no crees?
No sonreía del todo. Era más bien u