PUNTO DE VISTA DE TERESA
Para cuando el hospital finalmente nos dijo que nos fuéramos a casa porque esa noche ya no podíamos hacer nada más y que nos llamarían si algo cambiaba, eran casi las dos de la mañana y Lucía había llorado hasta quedar en un silencio agotado que, de alguna manera, era peor que el llanto.
La cargué hasta mi viejo Honda en el estacionamiento, con sus brazos alrededor de mi cuello y su rostro apretado contra mi hombro, y la abroché en el asiento trasero, donde inmediatamen