Rebecca se encontraba en su habitación, completamente concentrada frente al espejo del tocador mientras se peinaba con total tranquilidad. El cepillo se deslizaba con suavidad por su cabello, cuando unos golpes firmes en la puerta interrumpieron su rutina.
—Sí, pase —ordenó sin apartar la vista de su reflejo.
La puerta se abrió y una joven empleada uniformada entró a la estancia dando pasos tímidos. En sus manos sostenía una carpeta de manila bastante abultada y notablemente pesada. Se acercó y