—¿De qué carajos estás hablando? —escupió la señora Miller, con la voz endurecida.
—¡Lo que oíste! —respondió el hombre, subiendo el tono hasta hacerlo sonar grosero y amenazante—. ¡He pasado toda mi maldita vida recibiendo órdenes tuyas, y ya estoy harto, mujer! ¡Estoy harto de esto! —señaló con un dedo sucio y tembloroso las paredes descascaradas de su miseria. —Me usas a tu antojo para tus trabajos sucios y hasta el día de hoy, ¿qué he recibido a cambio? ¡Nada!
La señora Miller soltó una car