114: Inseparables.
El sol se colaba por el gran ventanal que toda la noche se había quedado abierto. El cantar alegre de las aves, se escuchaba, quizás, más armoniosamente que otros días, y ambos sabían cuál era la razón de ello.
—Buenos días, mi musa — saludaba Daniel animadamente mientras apreciaba con todo su corazón, aquellos revueltos cabellos de fuego que cubrían a medias el encantador rostro de la pelirroja.
Emma se estiraba un poco, y Daniel admiraba aquellas vistosas pecas que decoraban el rostro de la