la quiero

Leonardo caminaba de un lado a otro en su estudio privado, con las luces de la ciudad entrando a raudales por los ventanales a su espalda. Su secretario, Daniel, permanecía rígido frente a él, aferrado a la carpeta que Leonardo le había exigido.

Leonardo chasqueó los dedos con impaciencia.

—Entonces —dijo, sacudiéndose una pelusa imaginaria de su costosa camisa blanca—, ¿averiguaste quién era esa mujer de la gala?

Daniel se aclaró la garganta con nerviosismo. —S-sí, señor. Lo averigüé.

Leonardo
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