Leonardo mantuvo el motor al ralentí en la oscuridad mientras la lluvia golpeaba el parabrisas. Llamó a Mateo con una mano, el arma pesada en la otra. Su voz, cuando Mateo respondió, era paciente y peligrosa a la vez.
“Mateo”, empezó, con la naturalidad de un saludo. “Escúchame bien. Necesito que firmes unos documentos transfiriéndome las propiedades de El Sol, el fideicomiso familiar y cualquier participación personal que tú y Emilia tengan en la empresa. Todo.”
Hubo una larga y atónita pausa