Leonardo se despertó sobresaltado, con el corazón latiéndole con fuerza en el pecho y las sábanas enroscadas alrededor de sus piernas como cadenas. La habitación estaba a oscuras, pero la sombra de su rostro persistía en su mente, atormentándolo. Sus ojos, penetrantes, implacables, vivos, lo miraban fijamente. Se sentó en el borde de la cama, agarrándose la cara con las manos como si pudiera contenerse a fuerza de fuerza de voluntad. "Lo siento", susurró a la habitación vacía, con la voz entrec