Leo conducía como un hombre que había perdido la capacidad de pensar con claridad. Las luces de la ciudad se desvanecían ante él, su teléfono abandonado en el asiento del copiloto, las llamadas sin contestar iluminaban la pantalla y volvían a apagarse. Para cuando llegó a la casa de Isla, le temblaban tanto las manos que tuvo que sentarse en el coche un minuto entero antes de salir.
Dentro de la casa, Isla ya estaba esperando.
Se había puesto algo suave y familiar: el pelo suelto, el rostro cui