Emi se quedó mirando el vacío, sopesando las palabras de su tía. La idea de soltar toda la verdad la asustaba, pero el peso de sostener la farsa frente a Gabriel y la creciente presión de Dimitri la estaban asfixiando.
—Tal vez tengas razón, tía... —admitió Emi con un hilo de voz, frotándose las sienes—. Pero no puedo hacerlo en la empresa, ni en un lugar donde Dimitri tenga ojos y oídos puestos sobre mí. Sería demasiado peligroso para todos.
Lourdes la miró con atención, esperando a ver qué es