Gabriel entró a la casa arrastrando los pies, con el peso del mundo sobre sus hombros. Desde que Emi lo había dejado plantado en la cocina con el desayuno intacto y una frialdad que le calaba hasta los huesos, el aire en las habitaciones se había vuelto asfixiante. Desesperado, buscó el único refugio que le quedaba dentro de esas cuatro paredes: la tía Lourdes.
Había aprendido a conocer los espacios y los momentos de la casa. Encontró a Lourdes en el lavadero, doblando unas sábanas. Al verlo en