—De verdad, esto es inhumano —rezongó Eduardo, limpiándose el sudor de la frente con la manga de la camisa, aunque apenas eran las siete de la mañana.
Tenía la tarea de trasladar a los novillos hacia el corral de vacunación. Uno de los animales, un ejemplar caprichoso de casi cuatrocientos kilos, plantó las patas en el barro y se negó a avanzar, bufando con fuerza y salpicándole las botas de lodo pegajoso.
—¡Muévete, bestia! —gritó Eduardo, dando un paso atrás con visible temor—.Nicanor, te lo