Gabriel avanzó por el pasillo como una tormenta de granizo, con las mandíbulas tan apretadas que le dolían los dientes. La furia ciega contra Emi se había transformado en un asco profundo hacia sí mismo y, sobre todo, hacia la mujer que lo había manipulado. Llegó a la habitación de Petra y, sin molestarse en tocar, empujó la puerta de un golpe seco que resonó en toda la casa.
Petra, que esperaba ansiosa el resultado de su intriga, dio un brinco en la cama. No tuvo tiempo ni de articular una men