Adanna
Estaba congelada en aquel sitio extraño, con la boca y los ojos bien abiertos y el corazón saltando eufórico. Varios escalofríos me recorrieron y los vellos se me erizaron.
—¡Papá! —dije, asombrada, con los ojos cristalizados.
Había una mezcla de emociones en mí. Lo extrañaba tanto, y tenerlo frente a mí me emocionaba.
—¿Eres tú, papá?
No hubo respuesta. Era como si él no pudiera escucharme, ni verme ni percibirme.
Avancé hacia él e intenté tocarlo, pero mis manos se perdían, como si estu