El hombre dudó en el umbral.
No más de treinta años. Camisa arrugada. Ojos cansados de alguien que no esperaba encontrarse con nada más que un pasillo vacío… y, en cambio, encontró esto.
Tres figuras inmóviles.
Una habitación demasiado silenciosa.
Y algo en el aire que no tenía nombre.
—¿Está todo bien? —preguntó, con una sonrisa nerviosa que no le pertenecía del todo.
Nadie respondió.
No de inmediato.
—
Lila fue la primera en reaccionar.
—No entres —dijo, firme, casi suplicando—. Da la vuelta