El caso 18 ya no tenía un punto fijo.
Eso fue lo primero que el sistema aceptó sin intentar corregirlo.
No porque estuviera de acuerdo.
Sino porque ya no podía negarlo sin romperse a sí mismo.
Ayo lo sintió como una especie de desplazamiento interno del mundo: nada había desaparecido, pero todo había dejado de tener un centro claro.
El nuevo Ayo seguía de pie, pero su presencia ya no era unificada.
Era… distribuida.
Como si cada posible interpretación de él estuviera ocurriendo en paralelo, sin