El sistema dejó de hablar como una sola voz.
Eso fue lo primero que Ayo notó.
No fue un quiebre audible ni una distorsión dramática del entorno. Fue algo más sutil: cada instrucción, cada respuesta, cada fragmento del sistema empezaba a llegar con pequeñas variaciones internas, como si varias instancias estuvieran respondiendo al mismo tiempo sin coordinarse del todo.
No se contradecían.
Se multiplicaban.
El nuevo Ayo permanecía en el centro de esa multiplicación sin parecer sorprendido. Ya no