El silencio ya no era único.
Eso fue lo primero que Ayo notó.
Antes, incluso cuando el sistema dudaba o recalculaba, el silencio tenía una sola textura: uniforme, estable, predecible.
Ahora no.
Ahora el silencio tenía capas.
Como si dos versiones del mismo vacío estuvieran ocurriendo al mismo tiempo sin interferirse del todo.
El nuevo Ayo seguía de pie.
Pero su presencia ya no era completamente singular.
Ayo lo percibía de forma extraña, como si lo estuviera viendo desde dos ángulos simultáneos