Sebastián descendió del automóvil y levantó la vista hacia el imponente edificio donde funcionaban las oficinas centrales de la empresa familiar.
Ajustó la chaqueta de su traje y cruzó el vestíbulo saludando con un gesto a los empleados que encontraba a su paso.
—Buenos días, señor Duarte.
—Buenos días —respondía de forma automática casi por inercia.
Aunque había regresado a Madrid, su mente seguía perdida entre los jardines de la hacienda, donde una joven de ojos color miel había consegui