El bosque está húmedo. El suelo cede bajo mis pies. Me gusta entrenar aquí porque no hay paredes, no hay ojos, no hay consejo.
Solo yo.
Lanzo un golpe al tronco de un árbol. La corteza se abre. Vuelvo a golpear. Necesito cansarme. Necesito que el cuerpo duela para que la cabeza se calle.
Oigo un paso rápido detrás de mí.
Me giro con el brazo ya arriba.
—¡No! —chilla una voz.
Freno a centímetros.
Finn se queda quieto, con los ojos enormes.
—¿Quieres que te parta la cara? —le gruño—. ¿Qué haces acercándote así?
Él baja la cabeza.
—Perdón, mi Alfa. No quise asustarlo.
Lo observo un segundo. Todavía es un niño, pero ya se mueve como alguien que quiere aprender a sobrevivir.
—Habla —ordeno.
Finn se rasca la nuca, nervioso.
—He pensado en lo que me dijo… lo del sacrificio. No lo entiendo.
Suelto aire por la nariz.
—No tienes que entenderlo todavía.
—Pero… —insiste— usted dijo que un hombre a veces debe sacrificar su felicidad por la manada. Y yo pienso… si el Alfa está feliz, la manada tamb