Narrado por Myra
Aria se tambalea.
Por un segundo no entiendo qué está pasando.
Hasta que veo la mancha roja expandiéndose en su pierna.
—¡Ah…! —se queja, cayendo de rodillas—. ¡Maldición!
Corro hacia ella.
—¿Qué fue eso?
—Bala… —aprieta los dientes—. De plata.
Mi corazón se congela.
La plata.
Lo leí en los libros con Finn: veneno para los lobos. Lento, ardiente, mortal.
—No… no puede ser —murmuro, ya en modo enfermera—. Aguanta.
Me quito la blusa sin pensarlo, me quedo solo con la prenda interior y rompo la tela en tiras. Ate un torniquete sobre la herida, por encima del impacto.
—Va a doler —le advierto.
—Ya duele —escupe, sudando.
No tengo pinzas, no tengo quirófano, no tengo medicamentos. Solo tengo mis manos y lo que aprendí a punta de emergencias improvisadas.
Me arrodillo, busco con los dedos dentro de la herida. Aria grita. Un grito ronco, contenido, pero tan doloroso que me eriza la piel.
—¡Quédate quieta! —le ordeno—. Si no saco la bala, la plata se va a esparcir más.
—Te…