Decir que caminar descalza por la multitud de piedrecitas que rodeaban el palacio era incomodo pero hacerlo con aquellas pesadas cadenas que apenas te permitía mantenerme erguida y mucho menos separar un pie del otro. Estaban tan ajustadas que el roce comenzaba a ser insoportable.
Me llevaron al patio trasero el castillo, allí donde el pasto no era tan valiente para crecer o quizás se debiera a las innumerables manchas de sangre alrededor de las horquetas con aros de hierro que yacían gastadas