Jorge corrió como si el infierno lo persiguiera. El eco de sus pasos resonó en el estacionamiento desierto mientras veía a Linda detenerse junto a un callejón, su silueta temblorosa bajo la luz amarillenta de un farol. Al acercarse, notó cómo sus hombros se sacudían en silencio. Ella estaba llorando y para Jorge no había nada peor que ver a la mujer que amaba llorar.
—Linda —llamó suavemente, tocando su brazo—. Por favor, mírame mi amor...
Ella se giró, revelando el rímel corrido y los labios t