El tono brusco de mi móvil me sobresalta. Ghato empieza a maullar sin parar y descuelgo el teléfono. Es Jesús. Su voz grave y profunda resuena en mis oídos:
―Luis acaba de salir ya.
Tengo tiempo para mirar de reojo el calendario, que pende de la nevera de Susana: veintiocho, día de los Inocentes.
―Venga ya, Jesús ―le digo sin creérmelo.
―Que sí, que lo han soltado. Ahora mismo está con Toni. Ha ido a su casa. ¿Irás tú también? Te están esperando.
El pánico se agolpa en mi garganta.
―…
―Escúcham