El salón de audiencias menores se hallaba vacío excepto por dos mujeres. La luz invernal se filtraba por los vitrales, proyectando fragmentos de color sobre el suelo de piedra pulida. Liria permanecía de pie, con la espalda recta y las manos entrelazadas frente a ella, mientras la Canciller Meredith la observaba desde su asiento elevado. El silencio entre ambas era denso, cargado de intenciones no pronunciadas.
"Lady Liria," dijo finalmente la Canciller, su voz suave como terciopelo pero afilad