—No vas a ir a ninguna parte hoy, Elena. Quédate en la mansión hasta que llegue la reunión del consejo mañana por la noche —dijo Alessandro con firmeza.
La voz barítona rompió el silencio de la sombría mañana en el garaje subterráneo de la mansión Moretti. El hombre estaba de pie junto a la puerta de un sedán blindado negro, vestido con un abrigo largo color carbón y con el cañón de una pistola semiautomática que acababa de deslizar tras su cinturón. Afuera, los restos de la tormenta de nieve a