—¡El coche de atrás está destrozado! ¡Tenemos que salir de aquí, Don! —gritó Marco a través de la radio, cuya voz quedaba sofocada por las explosiones sucesivas.
La parte delantera del sedán blindado se inclinaba bruscamente hacia abajo, colgando sobre un abismo donde se abría un río helado. Las vigas de soporte del puente crujían con un chirrido aterrador, amenazando con ceder en cualquier momento.
Sin perder ni un segundo, Alessandro agarró la muñeca derecha de Elena, que sangraba por los cri