—¿Crees que soy una muñeca que puedes mover a tu antojo, Nikolai?
La voz de Elena temblaba, no por miedo, sino por la oleada de ira que le oprimía el pecho. La mujer de mediana edad que había entregado la lavandería se había marchado sin hacer ruido, dejando a Elena sola con el chip de memoria en la mano y la pantalla del móvil aún iluminada.
—No tienes elección, señora Vance. Ese pequeño juguete que tienes en la mano es lo único que protege el gran secreto que le ocultas a tu marido —respondió