La lluvia no daba tregua, convirtiendo los callejones del distrito industrial en un laberinto de asfalto brillante y sombras movedizas. Sofía se ajustó la capucha de su impermeable oscuro, ocultando su rostro de las cámaras de seguridad que, lo sabía bien, ahora estaban bajo el escrutinio de los algoritmos de Julia.
Había dejado a Leo vigilando a Elliot en la clínica, escapando por una salida de emergencia para encontrarse con el hombre que, irónicamente, había sido el centro de su odio durante