El olor a antiséptico y salitre impregnaba el aire de la clínica clandestina, un búnker médico oculto bajo un almacén de suministros navales en el puerto. El pitido rítmico del monitor cardíaco era el único sonido que competía con el rugido de la lluvia que seguía azotando el techo de metal.
Elliot yacía en la mesa de operaciones, pálido y con el pecho vendado. El cirujano, un hombre que le debía su carrera a los fondos de inversión de Vanguard, terminó de suturar la herida en el costado con la