El viento en los acantilados de Punta de Hierro no solo soplaba; aullaba, como si la tierra misma estuviera gritando por la violencia de la noche. Sofía apretó la laptop contra su pecho, protegida bajo su impermeable, mientras sus botas resbalaban en el barro traicionero. A su lado, Elliot caminaba con una rigidez que al principio ella atribuyó a la tensión, pero pronto se dio cuenta de que algo iba mal.
El camino hacia la base del acantilado, donde supuestamente Leo los esperaría con un bote,