86. Sangre y cenizas.
El pasillo parece alargarse interminablemente.
La alarma sigue rugiendo, vibrando en mis huesos. Rita corre a mi lado, su respiración entrecortada, pero firme. No la suelto, aunque mis pasos sean cada vez más pesados.
Nos giramos en una esquina. Y entonces, lo veo.
Un espejo enorme cubre toda la pared del fondo.
Pero no es un espejo.
Es un cristal de observación.
Detrás, hay una habitación blanca con luz fluorescente.
Y dentro…
Natan.
O lo que queda de él.
Está encadenado en una silla metálica,